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"Conseguí plaza en mi primera convocatoria. La programación que hice con Prográmalo destacó por su estructura y coherencia curricular."
Marina López
Plaza en Primaria
"Llevaba 3 convocatorias sin aprobar la programación. Este año, con Prográmalo, saqué un 8.7. La vinculación curricular era impecable."
Javier Ruiz
Plaza en Secundaria
"Me ahorré 2 meses de trabajo en la programación. Pude dedicar ese tiempo a estudiar los temas y preparar la defensa oral."
Ana Fernández
Lista de interinos
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Se parecen en la estructura y se diferencian en el propósito: una se escribe para llevarla al aula durante un curso, la otra para defenderla ante un tribunal en veinte o treinta minutos.
La inspección comprueba cumplimiento: apartados completos, currículo vigente en la comunidad y evaluación descrita. El tribunal comprueba eso mismo, pero además compara decenas de programaciones parecidas y puntúa lo que las distingue: coherencia interna, justificación de cada decisión metodológica y viabilidad real.
Las oposiciones docentes se convocan por comunidad autónoma y cada convocatoria fija sus reglas: máximo de páginas y anexos, tipo de letra, interlineado, entrega en papel o telemática, número mínimo de unidades y plazo de presentación, casi siempre anterior a la prueba. Incumplir un requisito formal puede suponer la exclusión.
Cuando el contexto de centro y grupo es genérico e intercambiable, el resto del documento queda flotando. Cuando es concreto y además se usa (la metodología responde a ese alumnado, las medidas de atención a la diversidad a esos casos), la programación gana coherencia. No hace falta que el centro sea real, sí verosímil, porque el tribunal preguntará por él.
El número lo fija la convocatoria; lo habitual son entre diez y quince unidades para un curso, ajustadas a un calendario realista con festivos y sesiones de evaluación descontados. Cada una debería mostrar sus competencias específicas y criterios de evaluación, los saberes básicos, la secuencia de actividades temporalizada, el producto final y los instrumentos.
El recorrido que suele comprobarse es perfil de salida y descriptores operativos, competencias específicas, criterios de evaluación, saberes básicos y, de ahí, actividades e instrumentos. Si un criterio aparece en los objetivos pero no se evalúa en ninguna unidad, el hilo se rompe. Una tabla que cruce unidades y criterios enseña esos huecos de un vistazo.
En la mayoría de convocatorias no se defiende la programación entera, sino una unidad extraída al azar o elegida entre varias sacadas a sorteo, así que no sirve tener dos brillantes y once esquemáticas. En ella se espera concreción de sesión: qué hace el docente, qué hace el alumnado, cómo se agrupa, cuánto dura cada momento y cómo se evalúa.
Una programación buena mal defendida puntúa poco y una correcta bien defendida puntúa alto. Es la parte del proceso con mejor relación entre esfuerzo y nota.
Con un tiempo tasado, habitualmente entre veinte y treinta minutos para exposición y debate según convocatoria, el reparto importa tanto como el contenido: presentación breve de la programación, el grueso para la unidad y un cierre con evaluación y atención a la diversidad. El guion permitido no es el texto de la exposición sino un esquema de palabras clave, porque leer penaliza casi siempre.
Las preguntas se repiten más de lo que parece: por qué esa metodología, cómo evalúas realmente ese criterio, qué harías con un alumno que no sigue el ritmo o qué haces si el centro no tiene esos recursos. Todas se preparan por adelantado, y ante una que no dominas, razonar profesionalmente resta menos que improvisar datos.
Un reparto realista partiendo de cero: un primer mes para la convocatoria, los criterios de valoración y el currículo de la comunidad; dos o tres meses para redactar la programación y las unidades; y el último tramo para ensayar la defensa en voz alta y cronometrada. Quien oposita trabajando gana separando tareas: el temario rinde en sesiones cortas y frecuentes, la programación en bloques largos.
Los más caros son formales y evitables: entregar sin comprobar el número de páginas o de unidades, citar normativa derogada o de otra comunidad, un índice que no coincide con la paginación o datos que no corresponden. Una lectura completa e impresa antes de entregar los detecta casi todos. Añadir apartados de última hora para engordar el documento no puntúa más.
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